martes, 29 de septiembre de 2015

Nave sónica 193 - Game Boy

Siempre es tentador hablar desde la nostalgia de determinados tópicos de la infancia compartida por una generación. Es fácil hacerlo porque no tienes más que dejarte llevar por la mitología que todos tendemos a tener sobre nuestras propias vidas. Es cómodo, porque no tienes que dar explicaciones sobre nada: es lo que había y te encantaba y punto. Y sobre todo, es un poco tramposo y cutre porque sabes que va a funcionar entre los ya señores y señoras de más o menos tu quinta. Y aquí no estamos para hacer las cosas fáciles, amigos. Así que voy a hablaros de la Game Boy, y lo voy a hacer desde el amor. Pero voy a intentar explicar por qué creo que es un aparato que realmente merece toda la atención que la ha hecho trascender desde un pasado ya algo remoto hasta nuestros tiempos.

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Lo primero es lo primero: la Game Boy fue un cacho de plástico excelente. Quizás a los millennials les cueste entenderlo, pero hablamos de un mundo en tonos sepia en el que lo portátil no era la norma. Sí, teníamos maquinitas, lo que ahora llamamos con más precisión Game and Watch. Teníamos relojes con calculadora y Walkmans. Pero la Game boy fue el primer contacto real con un futuro prometido en el que podíamos jugar en cualquier lado, con independencia de tener un enchufe cerca. Suponía una ventanita a muy baja resolución al tipo de ocio casual pero complejo que hoy en día es la norma. Y ya hemos hablado hoy y en otros programas de la inteligencia y maestría de Gunpei Yokoi y su equipo a la hora de diseñar este hermoso ladrillo, pero hay que destacar alguna de sus virtudes. Por ejemplo la increíble accesibilidad del sistema, que sin dejar de mirar al futuro, ofrecía la simplicidad en los controles y manejo de las primeras consolas y recreativas a los que todos estábamos acostumbrados. Dos botones y una cruceta es todo lo que un sistema portátil necesitaba. Sacrificar el color y la retroalimentación en la pantalla por la portabilidad es otro de los grandes aciertos. Porque el futuro al que Nintendo miraba de frente era uno en que tu consola fuese realmente portátil. Puede parecer una tontería, pero el acierto se hizo más patente cuando la competencia fue lanzando sus portátiles supermolonas a las que apenas podías jugar un par de horas antes de tener que buscar un enchufe o cambiarle las pilas.

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Muchos aciertos que se traducían en un claro concepto que dominaba todo el diseño de la Game Boy: tenía que ser una experiencia sólida. Y no me refiero solo a que con algo de fuerza y voluntad podías matar a un humano a golpes en la chola con ella. La Game Boy, de manera consciente o no, estaba hecha para durar. Para trascender.

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Y sí, se puede argumentar que su longeva presencia en esta masa informe que es el imaginario pop tiene mucho que ver con que fue un éxito increíble, pero hay algo más que eso. Nintendo puso toda la ternera de Kobe en el asador con la Game Boy: cámara de fotos, impresora, e incluso un pequeño secuenciador musical para componer usando el carismático chip de sonido en sus entrañas. En Nintendo tenían claro que “portatil” significaba algo más que jugar en cualquier lado. Tenía que ver con invadir nuestras vidas analógicas de unos y ceros, de ese sueño de futuro que aún tardaría en llegar a la masa en forma de cámaras digitales, móviles, ordenadores portátiles, ebooks y smartphones. Nintendo de algún modo lo hizo antes, aunque fuese en forma de juguete. No es que inventasen nada, pero en la tecnología, como bien sabe Microsoft, no importa tanto quién haya sido el primero sino quién consigue introducirse en los hábitos de la gente sin que se den casi cuenta. Y a esto ayudó su precio, sí. Era una de las consolas más baratas que podías comprar, la que todos tenían.

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Es este carácter de tecnología compartida por muchos, casi democrático, asequible y presente en cualquier parte, lejos de las peleas por acaparar la tele del salón, lo que ha definido en gran medida el juego en el futuro. Y el mundo del videojuego portátil, hasta la llegada de los móviles, ha estado definido por estos primeros movimientos maestros de Nintendo. Game Boy fue durante muchos años lo que Walkman era al reproductor portátil de música. E incluso cuando Nintendo decidió dejar la marca obsoleta con las posteriores Nintendo DS y Nintendo 3DS, Game Boy quedó a fuego marcado en la historia popular como el referente ya no a una época, sino a una filosofía. Y claro, en gran medida a esto ayudaron los juegos.

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Y aquí voy a ser bastante claro: la mayoría del catálogo de Game Boy es una hez. Un poco como en todos los sistemas, sí. Pero la filosofía de Yokoi de usar tecnología algo desfasada para democratizar un sistema ha servido de excusa demasiadas veces para que los estudios se esfuercen lo mínimo posible, desarrollando juegos a bajo coste y de aún más bajo entretenimiento. Si estos mojones electrónicos eran habituales en los sistemas de sobremesa, es en la Game Boy donde ya quedó fijada esa idea de que al ser la portátil un sistema “para niños”, cualquier roña servía para sacarle unos cuartos a los padres y a los zagales más ahorradores. Al revisar el catálogo hoy día es fácil darse cuenta de la cantidad de plataformas genéricos prácticamente clónicos que se lanzaron para este maravilloso bloque de granito con botones, y cómo esta tendencia contagió las posteriores Game Boy Advance y Nintendo DS. Pero por suerte no todo fue hedor binario.

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Porque ahí estuvieron los Zelda, especialmente el primero de ellos, el Link's Awakening, considerado por un buen puñado de gente el mejor de la serie. Los Super Mario land y los Wario, que vinieron a romper con varias convenciones de un género, el plataformero, que la propia Nintendo había inventado. Los juegos de la otrora gloriosa Konami, los Castlevania, los Nemesis, los Goemon, Tokimeki Memorials, BeatMania, Dance Dance Revolution, Pop’n Music. Algunos de los primeros J-RPGs que pudimos jugar en Europa fueron para Game Boy: Los Final Fantasy Legend, Dragon Quest y por supuesto los Pokemon, auténtico fenómeno definitorio de un sistema que nació para triunfar y superó todas las expectativas. Y ese Tetris, perfecto y aún imbatido en cuanto a control, precisión y carisma, pese a sus mil encarnaciones posteriores.

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Fue porque adelantó ciertos aspectos del futuro, porque fue un éxito; y también por sus juegos. Pero si la Game Boy se convirtió en el icono pop que es ahora es sobre todo porque acertó donde otros fallaron. Cuando Nintendo ha resbalado en el salón, han sido sus pequeños sistemas portátiles los que han evitado el trompazo. Y han sido estos primeros pero fundamentales aciertos en su primera portátil los que han sembrado estos 25 años de experiencias de juego a pie de calle sólidas y apasionantes; y han sido las portátiles de Nintendo el puente hacia el juego móvil que, cosas de la vida, va a ser el que acabe matándolas.

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Pero la Game Boy queda como parte de la historia. Historia viva, ya sea a través de la música chiptune cada vez menos minoritaria y más presente en esta cosa del mainstream. Ya sea a través de los meta-homenajes constantes en los juegos de los nuevos creadores, independientes o no. Game Boy es una referencia no sólo de una época, sino de una filosofía, y un icono del pop reconocible quizás para siempre. El cine tiene el blanco y negro; el videojuego el verde y el pixel.

Nave sónica 191 - Kojima

 
Tenemos la manía de llamar a todo aquel que hace algo bien o muy bien “genio”. Y yo no tengo ni pajolera idea de qué es un genio. Quizás es alguien cuya inteligencia es tan especial, tan rara, que sabemos de una manera casi inconsciente que no vamos a encontrar muchos similares. Quizás es alguien que, por las razones que sea, acierta donde muchos otros han fallado. Quizás es alguien que descubre qué teclas tocar para sorprender y deslumbrar, y lo usa para ganarse la admiración de los demás. En fin, que ni pajolera. El caso es que de Hideo Kojima también es habitual escuchar la parida ésta de que es un genio. Y francamente, creo que no lo es. Y ni puñetera falta que le hace.


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Entonces, ¿Por qué destaca la obra de Kojima? ¿Qué lo hace uno de los grandes nombres de esta cosa del videojuego? Es bastante complicado definir qué hace que un luzca más que otr, qué misteriosos elementos han de conjugarse para que unos nombres se marquen a hierro en nuestros cerebros y otros pasen raudos cual kiki de hamster de una oreja a la otra. Y más si hablamos de la industria japonesa, que tiende a ocultar a sus creadores bajo capas de corporativismo y despersonalización de sus propios productos.


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El caso es que conocemos a Kojima, un poco como conocemos a Miyamoto o a Kamiya. Pero aunque la fama de estas estrellas niponas del mundillo, que en algunos casos trasciende el gueto gamer, se debe en gran medida a que han triunfado en lo suyo, no es la única explicación. Sí, vender mucho te pone en el centro del escenario, pero hacen falta además muchos focos para que se queden con tu cara. Y son esos otros elementos los que distinguen un one hit wonder de una figura clave de una aún emergente forma de cultura como es la del videojuego. Y Kojima es sin duda una de esas figuras.


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Y lo es en parte porque sí, ha vendido mucho. Sus Metal Gear han sido uno de los grandes pilares a la hora de convencernos de que tenía sentido cambiar a cada nueva generación de consola. Pero por vender también vende toneladas el FIFA y que baje Odín y lo vea si la mayoría conocemos el nombre de uno solo de sus desarrolladores. No es la pasta, es otra cosa. Es la comunicación, por ejemplo. Esa comunicación que trasciende la historia y que habla de tú a tú a los jugadores. Está en los huevos de pascua, esas pequeñas bromas ocultas que meten los desarrolladores en los juegos a modo de guiño. Kojima ha elevado esto a otro nivel. Su afán de romper la cuarta pared, de hablarnos a la cara, de darnos un codazo desde la distancia física y temporal y decirnos socarrón: “has visto, eh? Has visto qué movidote guapo?” va más allá de la mera gracieta. Cuando nos hace levantarnos para cambiar el mando de puerto para poder continuar jugando, o nos muestra una falsa pantalla de game over en medio de una batalla, cuando introduce bromas auto-referenciales como con las famosas cajas con las que nos ocultábamos en el primer Metal Gear Solid en las propias mecánicas del juego, lo que está haciendo es romper las barreras y crear una comunicación directa de su loco cerebrito al nuestro.


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Mucho se le ha permitido a Kojima en este ámbito, por suerte. Y si bien a veces estos codazos son algo gratuitos o incluso chabacanos, lo cierto es que pasan los años y sigues recordándolos como experiencias vividas, bastante más allá del mero entretenimiento funcional. Porque cuando rompes las normas más o menos establecidas, estás ampliando el propio lenguaje del medio. Y ésto el jugador lo sabe tan bien como el propio Kojima, que juega a deslumbrarnos. Y es un juego complicado, porque hay que cumplir las expectativas de lo propuesto. Pero hasta ahora no ha fallado en su afán de sorprendernos.


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Y este es otro punto clave si se quiere entender el éxito de nuestro Hideo: la sorpresa. Desde el cambio de protagonista a traición en el Metal Gear Solid 2, la presentación del difunto Silent Hills oculta tras una demo llamada PT que podía ser cualquier cosa, el juego con los trailers misteriosos, los retorcimientos de las propias tramas de sus obras… Todo busca pillarnos a contrapié, jugar con nuestras expectativas. Y suele conseguirlo. Se puede entender como una mera habilidad especial para el marketing, pero prefiero creer que va algo más allá. Metal Gear va a hacer a los señores trajeados de Konami muy, muy ricos, independientemente de cómo lo vendan. Creo que hay más de espíritu juguetón y las ganas de mantenernos alertas y entusiasmados por sus juegos que otra cosa.


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Y sí, porque al final con sorpresa o sin ella, nos haga la gracia que nos hagan las chorraditas de Kojima, lo que hay es juegos. Con sus defectos y sus virtudes, pero siempre lo bastante bien afilados, distintos entre sí y cargados de ideas estimulantes como para acabar convenciendo. Algunos, como Snatcher o el primer Metal Gear Solid son obras de culto indiscutibles, juegos de esos a los que se vuelve una y otra vez cada ciertos años de un modo u otro. Juegos que ya conforman el imaginario cultural del videojuego, sobre los que se puede escribir y profundizar tanto como queramos. Y poco importa si las historias que cuentan son exageradas hasta el ridículo, o si las mecánicas funcionan mejor o peor. Siempre es lo bastante bueno, porque Kojima de algún modo, aunque todo cambie, siempre es el mismo.


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Kojima es pasión, exceso y una obsesión terca por sorprender; es la montaña absurda de platos de comida fabulosos en su cuenta de twitter. Es el juego con seguramente más horas de vídeo de la historia. Es sus tramas exageradas, a menudo ridículas, que intenta hilvanar entre sí en mil piruetas imposibles. Es la ambición y el tesón de defender la virtud de su obra, que en realidad es la suya propia. Es los abrazos que reparte por todas partes, con su flequillo de intérprete pop adolescente y sus gafitas rectangulares. Y sobre todo, es la promesa de que, con mayor o menor éxito, lo próximo en lo que se embarque va a buscar sorprendernos, y deleitarnos, y darnos codacitos diciendo “¿has visto qué movidote esto? ¿eh? ¿A que lo flipas?”. Así que no, Kojima seguramente no sea un genio. Pero es algo casi mejor: es un tipo que nos quiere.